Que el sueño no se transforme en pesadilla

El ser humano tiene muchas paradojas, y una de ellas está en la interpretación que se hace de una misma situación dependiendo de lo que haga el resto o dicte la publicidad

- Escrito el 14 diciembre, 2017, 3:30 pm
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Un ejemplo claro es el ya famoso Black Friday. No hace mucho, en plena crisis que algunos dicen que ha pasado, que suerte la suya, se insistía en que el consumo impulsivo, desmesurado, de cosas que posiblemente no nos hacen falta, había que erradicarlo, que se tenía que concienciar a las personas de consumir con coherencia.

Llegan los americanos, la publicidad, y ´zas`, todo eso se va al carajo. De repente se consume de forma desproporcionada y lo que es peor, se pasa de un consumo posiblemente innecesario en establecimientos locales, que generan riqueza y empleo en nuestro entorno, a hacerlo principalmente a través de Internet, que también debe de dar trabajo, aunque a saber dónde. Si no se puede controlar lo físico, y algunas empresas se saltan la solidaridad tributando en paraísos fiscales, ¿alguien cree que se puede controlar a quién sabe quién?

No dejarse contagiar

No se trata de ser contrario a las modas, cada cual debe hacer lo que mejor considere, pero resulta preocupante. Como lo es ver que se fomenta el consumo mediante el juego, algo que destroza y arruina familias, y que fomentan los ídolos de los más jóvenes incitándoles desde los medios de comunicación a participar, lanzando así sus redes, esas mismas que intentan en las puertas de los colegios los detestables vendedores de droga.

Pero es que parece que la sociedad solo está preparada para defenderse y protestar de lo cercano, de lo que al fin y al cabo se suele hacer con más desacierto que malicia, pero se desprotege sin preocuparse de los verdaderos lobos.

Si una pequeña empresa manda una carta o un correo electrónico enseguida tiene una gran cantidad de quejas buscando “quién le ha proporcionado esos datos”. En cambio se ceden sin criterio a través del alta en las redes sociales, de WhatsApp y de tantas herramientas que nos ofrecen las nuevas tecnologías, sin preguntarse a dónde van a parar todos esos datos ni cuántas veces son compartidos. Es más, uno intenta anular un viaje concertado, una página creada en Facebook o muchos de los servicios de Internet, y no encuentra la forma de hacerlo salvo pasando un calvario para el que hace falta tiempo, paciencia, seguramente dinero y… a veces se consigue. No hay nadie físico que responda.

Falta de servicio

Pongamos otro ejemplo. Uno entra en un bar, los camareros tardan un poco en atenderte y da igual si están ocupados o no, enseguida surge ese ceño fruncido que indica el malestar del ciudadano. En cambio, la mayor parte de las estaciones de servicio dejaron de prestar el servicio de suministro para que sea el propio usuario quien se lo sirva y… ¿se han visto protestas? ¿Han tenido que cerrar en favor de aquellas que sí ofrecen ese servicio, pagan a más personal y encima ¡te cobran lo mismo!?

Y en ese contagio de falta de servicio se encuentra también la banca, en la que ya ni te atienden personalmente para operaciones normales, indicándote el cajero… y lo hacen los propios trabajadores cómplices de un sistema que poco a poco les irá dejando fuera de sus puestos de trabajo, porque ya no serán necesarios. ¿Pero eso va a aportarnos algún tipo de ahorro? No, de hecho las comisiones bancarias son cada vez más elevadas.

Y va más allá. Para una actividad normal, sin riesgo, se pide a cualquier emprendedor un montón de medidas de seguridad. La prevención de riesgos obliga hasta señalizar el menor de los salientes por si alguien va despistado. En cambio, ¿quién ha formado a las personas para manejar un producto tan inflamable como lo es la gasolina que, incluso, según ponen en algunas gasolineras, obliga a no usar cerca el teléfono móvil por que puede ser peligroso?

Incoherencia

No sé si existe coherencia en las acciones que realizamos los ciudadanos, pero lo que queda claro es que no existe proporcionalidad entre nuestra forma de comportarnos con lo cercano y lo que no lo es tanto, y lo verdaderamente grave es que la actuación peor se la llevan los primeros, en contra de lo que cabría esperar. ¿Cómo luego pedimos que otros actúen con nosotros como simples ciudadanos, seres pequeños, mejor que con las grandes organizaciones?

La realidad es que cedemos cada vez más derechos en pro de una teórica comodidad y de creernos más autosuficientes y modernos, pero entonces… ¿realmente valoramos nuestros derechos?

Editorial del Director de los periódicos AQUÍ | Ángel Fernández

Desde los 14 años dedicado a esta profesión del periodismo en la que ha ejercido en todos los niveles, desde corresponsal a editor.
En la actualidad es el director de los medios de comunicación AQUÍ.

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